Sí… volví a Santiago. La ciudad de la furia chilena, donde me subí por primera vez a un bus verde de transantiago y gasté demasiado dinero cargando la tarjeta bip. Creo que por la misma razón alguna vez mi conciencia tacaña me dijo “no vuelvas sin razón”, pero ahora, a un millón de años luz de casa, estaba dispuesta a cargar la tarjeta e ir donde fuera necesario.
El viaje fue de lo más cómodo. A mí llegada me encontraría con mi compañera Carolais, quien viajaba desde Concepción (lugar de residencia de su concubinovio), para asistir al concierto más esperado de los últimos años...
El lugar al que llegamos, era hermoso. Un departamento en Ñuñoa, a metros de un supermercado y un par de cuadras del Estadio que me albergaría, durante las próximas horas. El cansancio del viaje era evidente, pero nada haría que mis ánimos se fueran. Estar en el concierto era el motivo por el cual había viajado, y aunque me dolieran los pies, estaba dispuesta a llegar temprano y alcanzar la mejor ubicación dentro del sector Andes.
Cerca de las dos nos fuimos. Hice un par de llamados para corroborar que se pudiera llevar cámara y objetos de registro; me puse bloqueador solar, y partimos con la idea de regresar, pues sólo iríamos en busca de un camino corto, para saber como llegar más tarde.
Mientras un sinnúmero de señores nos ofrecían jockeys, cintillos, banderas y chapitas a diversos precios, yo repetía a mi compañera “déjame vivir este sueeeeño… el mejor que he tenido” y la convencí de quedarnos en la cola, y no regresar. Total, ya había llevado todo lo necesario, y había recursos disponibles para alimentación y souvenirs, en caso de hambre y /o hastío…
La aglomeración de gente afuera del estadio, comenzó a aumentar con el pasar de las horas. Ya a las 3 tenía entre otras cosas, un jockey que cubría mi chasquilla recién renovada y ultracorta, y que tenía el círculo con las letras amarillas de SODASTERO (al revés SODA)… Debo decir que para mi recurrente mala suerte, luego de esa inversión, no demoró mucho en llegar un señor con gorros mejores y más baratos, pero en fin. Me preocupé de adquirir cintillos para mis dos amigas que no pudieron estar presentes: Paulimilia, quien iba a ser mi primera acompañante y que finalmente se bajó del avión (sniff) y la Chuli, que no fue de puro lesa…
Como a los 20 minutos, la prueba de sonido que me hacía alucinar en extremo, y que soltaba una energía misteriosa, resplandor, se acabó, y frente al calor medio helado que había en el lugar, la frase más recurrente que dije, fue “estoy muriéndome de sed”… Había que esperar hasta las 16:30 para que se abrieran las puertas…
La hora seguía avanzando y la gente llegaba. Comentaba con Carolais que muchas de las personas que se veían hasta el momento eran de nuestra generación, o sea de veintitantos… No se veía tanto público ochenteno, quién sabe por qué… En ese momento se escuchó una nueva voz… ¿Quién sería? Uno de los protagonistas de la anecdótica previa… La frase decía “No lo olvide… el maní a cien… No lo olvide, adentro estará a quinientos y acá a cien… NO LO OLVIDE!! …




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