Efectivamente el señor del maní tenía razón. A las 16:30 en punto se abrieron las puertas, y corrimos a las puerta 21, que para variar es mi número favorito y/o cábala. Allí nos ubicamos, en el mejor lugar (a mi juicio) del sector Andes, y comenzamos a apreciar las carreras de la gente para ubicarse en cancha y las caras de los vendedores ambulantes que comercializaban sus productos a precios mucho más altos que afuera.
Cerca de las 5 de la tarde, y junto a un nuevo vendedor de maní que me hizo pensar en el “¡No lo olvide!” , pregunté por el valor de las bolsitas, a lo que la dulce voz del señor, respondió: “Quinientos señorita!... -¿Qué?-... No sea tan cruel.¡ Eso es mucho!
En eso el señor del maní se aproxima a mi persona y me da la cátedra del día, explicándome por qué no debo comprar maní afuera: Este es envasado sin máquinas ni embudo… Sólo con la mano, y “usted comprenderá pues, que las manos pasan por todas partes”… etc…
Aunque no le compré maní, me simpatizó mucho el señor, que además me contó que el pertenecía al sindicato de vendedores de maní de los estadios y que todos los futbolistas lo conocían…
Así fueron pasando los minutos y el reloj indicó que “son las seis, tus relieves me despiertan… Después de tanto descansar… tiempo al tiempo de volver a celebrar”… la frase más ad hoc a la hora…
El cielo estaba nublado y por ratos parecía que se iba a poner a llover. Un joven apareció y me preguntó si estaba desocupado a mi lado, a lo que respondí afirmativamente y se sentó para luego sacarse fotos…
Le ofrecí ser “su fotógrafa” (escribirlo suena jote, pero no fue así) y la Caro me dijo que le saque hartas fotos para que seamos amigos. La idea era que así después intercambiábamos mails y el me enviaba las fotos que sacara con su cámara, cuyo zoooom anatómico parecía ser mucho más bakán que el de la cámara mía. Finalmente con el jovencillo no hubo comunicación (durante el concierto supimos que era bien fomeque)


Paulinilla